Nuevos rumbos, 2026. Rumbos nuevos.


Volví a Barcelona, nuevamente volví. La fecha: fines del 2025; es decir, para recibir el 2026. He de confesar que mi 2025 fue horrendo, más incluso que el 2024. El movimiento parece difícil; pero lo más en realidad es el flujo, el tránsito, el proceso. Demasiada incertidumbre que desata innumerables sentimientos. Puede que sean buenos o malos. Da igual. Es un círculo vicioso en donde lo angustioso es lo  insospechado. Vemos la vida de los demás como si fuera muy distinta, a veces mejor incluso. Tendemos a victimizar nos. Pero no sabemos la realidad de nadie. Algo que por lo demás es un juicio subjetivo. Lo cierto es que cuanto más vivimos más nos vamos quedando solos. No es una asunto de fatalidad. ¿O sí? Pretendo decir que no tiene nada que ver con la manera en cómo actuemos en nuestra vida. O sea, no se queda necesariamente solo el malo. Nosotros, quienes desde luego nos consideramos los buenos, esperamos la Justicia Celestial cuando es imposible ya esperar algo de la justicia terrenal. Nuestro pesimismo personal suele hacernos ensanchar nuestras alternativas y de entre nuestras creencias íntimas, que en general son familiares, genéticas, trivales, vamos buscando soluciones externas: nuevos dioses, nuevas formas de entender el equilibrio cósmico. Apelamos a una esperanza sin fe. Rogamos el Karma. Cuando, en verdad, no importa porque el camino de todos es el mismo. El mío es uno nada predecible. Pienso que todas las vidas son ríos. No es nada original. Todas van a dar a la mar que es el morir. Lo peor es tener que regresar. Si es que eso es verdad. No obstante, no entiendo mi vida. Es decir, un río ya tiene un cauce por donde transcurre. Por lo tanto podríamos entrever el horizonte personal. Deberíamos. Veo más bien mi vida como una caída de agua nueva. Va haciéndose paso conforma pasa el tiempo y quiere deslizarse. Creo que mi valor principal es la adaptabilidad, por eso. En lenguaje fluvial: por donde me lleve la roca. 

Amo a Laëtitia. Me duele haberme alejado de ella. Pero encontré un muro de concreto que me impidió avanzar. No me refiero a mí como persona, más bien como ser emocional. Me estanqué. Como toda agua estancada comencé a apestar y me volví desagradable. Nadie pudo fisurar ese muro ni intervenirlo para ver si se podía dejar el agua avanzar o correr, al menos gota a gota. El agua se abrió paso por la frontera, por otro lado, y de a pocos fue avanzando. Cómo siempre pasa.

No obstante, motivos de fuerza mayor que se llaman: familiares me arrancaron de cuajo y me hicieron sentir árbol que se transplanta en otra tierra. Mi madre me trajo y a la vez me salvó de la locura. Ella sin saber y quererlo.

Poco a poco voy tomando cuerpo. Voy recuperando mi cuerpo y reconociéndome una vez más en mí viviendo mi propio cauce. He vivido grandísimas experiencias desde que, a incios de 2010, Laëtitia me arrancó de cuajo y me transplantó tras los bosque de Boulogne, el nidito de amor en el que vivimos en Puteaux. Pensar en eso es recorrer rápidamente con la mente ente ente nte nte nte te te te e e e e  el cúmulo de experiencias que enriquecieron mi vida y calientan mi pecho todavía. Gente maravillosa en general hasta que me crucé con gente mala. Pero esa es otra historia y otra ciudad. Retomo: gente maravillosa, experiencias maravillosas. Soy feliz de recordar superficialmente. Caras bellas se atraviesan por mi mente, desfilan en una marcha nupcial por mi compromiso con la vida. 

Y nuevamente no obstante, aún así las cosas cambian. Mi vínculo de vida también cambió. Se me humedece la vista. Si alguna vez lees esto, Laëtitia, quiero que sepas que te amo. Eres la mujer de mi vida. Contigo maduré, crecí, llegué a la adultez. Fui feliz y triste. ¿Qué más se puede pedir? He de confesarte ahora que es que lo que me alejó de ti es que no pude esperar más a que tú madurez. Lo hiciste. Es decir, poco a poco, lo estás haciendo: a tu modo. Yo ya no pude esperar más. Ya no me podía sacrificar más. Mala suerte para mí, para ti. Mala suerte para los dos. Digamos que los dos maduramos, pero cada uno en su árbol.

Además de amarte, te quiero. Te estimo. Te echo de menos. Te apareces en mi nostalgia. Estoy seguro de que esto no cambiará nunca. Por en mi nostalgia estás siempre tú, en alguna esquina de una gran ciudad esperándome para pasear y sobre todo para estar juntos sin hablar. Porque eso nos definió estos 16 años: no hablar, cuando hablar era hablar poco. Sé que a ti te venía bien. Porque te juro que en caso contrario desde luego que hubiéramos hablado. Pero (y no no obstante) Yo no pude más con eso. Te juro que siento, despues de todo este tiempo, 16 añazos compartiendo la vida, que no te conozco, que no te entiendo en el fondo. Me refiero, entonces, a la Laëtitia que está dentro, dentro de ti. La que decidió un día dejar de amarme, olvidarme en vida, olvidarme a mi lado, frente a mí y a mis ojos, con una naturalidad consternante. Allí estuvo el problema. Te lo preguntas, seguro. Aquí te lo respondo. Tendrás que googlear porque sé que jamás me lo preguntarás. Porque para preguntar o otro, primero hay que preguntarse uno. 

No importa ya. Lo digo. No pude con eso. Y ya no hay tiempo. Ya no hay más tiempo. Ya dije: NO. 

* Foto LM en BCN (autoretrato). Bartomeu - Sants 2026.

Comentarios