"La madre rata" por Sergio Palavecino
Dos años después del suceso, publico en este blog el texto que leyera Sergio Palavecino, escritor y amigo chileno residente en Marsella, en la presentación de la novela La madre rata, la edición que autopubliqué en 2019. El evento tuvo lugar el 12 de diciembre de 2024, en La Grande Librairie Internationale de Marseille. ¡Qué bonitas épocas!
Laurent Bouisset, yo y Pablo con las agujetas, pasadores, sujetadores, cordones rojos. La Grande Librairie Internationale de Paris, diciembre 2024.
La Madre Rata
Presentación – 13/12/2024
Sergio Palavecino
Esta no será una presentación tradicional. Las presentaciones, con sus explicaciones de la trama, los comentarios críticos y demás información, pueden encontrarse fácilmente en internet o en la contratapa del libro. Yo presentaré como un lector que, por cuestiones puramente territoriales, coincidió una vez con el autor. Ambos vivimos en Marsella; él desde hace más tiempo que yo. También compartimos nuestras orígenes sudamericanos y algunos amigos en común. Escritores en su mayoría, personajes de lo que algunos llaman "el under".En esta presentación hablaré de mi experiencia personal con este libro. Esto será una crónica de lectura.
La madre rata lo leí en tiempo récord, en menos de dos semanas. Esto fue tanto por apuro (debía escribir algo para esta presentación) como por algo inherente al libro mismo. La historia es ágil, casi adictiva, lo que me llevó a avanzarla rápidamente, a leer por las noches con un poco de culpa (más tarde volveré sobre este asunto). Bajo la luz tenue de mi lámpara, intentaba no despertar a mi mujer, que dormía a mi lado. Mientras ella roncaba suavemente, desde la portada del libro la miraban los ojos azules de una muñeca de porcelana que jamás parpadea. Como víctima de un trauma, la muñeca permanece con los ojos abiertos, y yo tampoco los cerraba… Pasaba las páginas queriendo acabar un capítulo más antes de apagar la luz.
Hice anotaciones al margen durante mi lectura y de ahí sale este texto. Escribía principalmente porque muchas imágenes de esta historia me llevaron —y seguramente llevarán a otros lectores— a reflexionar sobre sus propias vivencias. Esta es, sin duda, una de las cualidades de las buenas historias: aquellas que, desde el realismo crudo, logran conectar con la experiencia personal. La crudeza, en este caso, no está exenta de momentos oníricos y psicodélicos que resaltan el nivel de psicosis de los personajes.
No iba a hablar sobre la trama, pero aquí algunos apuntes sobre la trama. Esta es la historia de un grupo de niños en plena pubertad, que están en su último año de primaria. Se trata de una pandilla: la “Pandilla de las Ratas”. Este nombre se lo da el narrador, y con razón. Sobre el narrador: es un miembro del grupo, un miembro secreto que hace de testigo y cómplice. Y que, a su vez, nos hace testigos y cómplices.
¿Qué define a la Pandilla de las Ratas? Su ultraviolencia. Su bestialidad. Estos niños encuentran placer en golpear, acosar y ensañarse con sus compañeros y compañeras más débiles, todo esto frente a la mirada de un mundo indiferente que parece alentarlos en su psicopatía.
Estas “ratas” no pertenecen a una sola clase social, pero tienen en común el crecer en familias destruidas de la Sudamérica de los años 80, bajo la sombra de la doble moral de los colegios católicos, donde abundan profesores abusadores y verdugos. Las ratas se regocijan al ritmo de una banda sonora propia que incluye el new wave, el postpunk, el rock latino, los insultos y ruidos de los microbuses, gemidos de dolor o placer en la oscuridad. El crujir de corazones que se quiebran y virginidades que se pierden.
La Pandilla de los niños-ratas es una pandilla proto-nietzscheana en el peor de los sentidos: amoral, anticristiana y despiadada. Se rigen únicamente por la voluntad de poder y por la famosa ley del más fuerte, la ley de la jungla. Como decía el filósofo: el poder se demuestra con el exceso. Y aquí hay excesos de todo tipo. Las pocas normas que se imponen entre ellos solo sirven para garantizar la supervivencia de la maldad y su proliferación.
Como en la antimoraleja que es Justine ou les malheurs de la vertu de Sade, en La madre rata los malos no son castigados. La maldad triunfa porque no hay dios ni ley; por lo tanto, todo está permitido. Tampoco hay espacio para los buenos sentimientos; quien los muestra corre el riesgo de ser tachado de traidor o de “maricón”.
La madre rata rompe con la idea de niños buenos e inocentes, presentando la relatividad del ser niño y centrándose en los “malos” de la película. Cherry, Mamey, Cebolla, Carlomagno y Selva Negra son los protagonistas y antihéroes. La pandilla me recuerda a los alucinados y ultraviolentos «drugos» de La naranja mecánica mezclados con los buscavidas de Los olvidados de Buñuel y los adolescentes sin rumbo de Kids de Larry Clark. En fin, adolescentes que se hunden en una espiral conocida por todos: la espiral de crecer, avanzar y volverse patéticos, volverse poco a poco despreciables. Estoy hablando de los adultos.
En su mayoría, los adultos del libro son cobardes, neuróticos, fanáticos religiosos o profesores abusadores. Fallas del sistema. Sublimaciones de la rata. Ratas con corbata y zapatos lustrados.
Nunca lo sabremos, amigos míos. Pero puede ser que la clave para responder estas preguntas esté en la lectura de esta novela. Puede ser que finalmente nos demos cuenta de que todos somos unos hijos de rata.
Como en la antimoraleja que es Justine ou les malheurs de la vertu de Sade, en La madre rata los malos no son castigados. La maldad triunfa porque no hay dios ni ley; por lo tanto, todo está permitido. Tampoco hay espacio para los buenos sentimientos; quien los muestra corre el riesgo de ser tachado de traidor o de “maricón”.
Una obra destinada a incomodar
Sí, “maricón”. Así es, señoras y señores. Esta historia puede herir sensibilidades. Absténganse los wokistas, los sensibleros y los románticos. Esta es una obra destinada a incomodar. Tal vez por eso sentí culpa mientras leía por las noches, con mi mujer dormida a mi lado y los ojos inmóviles de la muñeca en la portada clavados en ese bulto de frazadas respirando. Hubo momentos en que la lectura me dejó la impresión de estar frente a algo incorrecto, prohibido, tabú. Especialmente en las escenas donde estos pubescentes hablan y practican una sexualidad libre, sucia y sin tapujos. Absténganse también los moralistas de la vieja escuela.
Antes de leer pregúntate… ¿te gusta el cine de Gaspar Noé?
¿Son los niños siempre buenos?
Una gran pregunta —o tal vez el subtexto del libro— es: ¿son los niños siempre buenos? Filósofos, curas y psicólogos han debatido esta cuestión durante siglos. El error radica en responder desde una visión esencialista, en creer que “los niños” poseen una esencia intrínsecamente buena o una tendencia natural hacia el bien.Pero más allá del bien y del mal: el amor
Sería injusto si no menciono el amor, que también hace pequeños actos de presencia. En una «escena» uno de los personajes va de noche a la casa de su dulcinea a gritar su amor a los cuatro vientos. El muchacho entrega su corazón, pero, ¿qué es el corazón de un puberto? Un caldero donde hierven emociones desconocidas, donde odio y amor son ingredientes del mismo caldo. Por supuesto, las cosas terminarán mal para este mariachi solitario.La madre rata rompe con la idea de niños buenos e inocentes, presentando la relatividad del ser niño y centrándose en los “malos” de la película. Cherry, Mamey, Cebolla, Carlomagno y Selva Negra son los protagonistas y antihéroes. La pandilla me recuerda a los alucinados y ultraviolentos «drugos» de La naranja mecánica mezclados con los buscavidas de Los olvidados de Buñuel y los adolescentes sin rumbo de Kids de Larry Clark. En fin, adolescentes que se hunden en una espiral conocida por todos: la espiral de crecer, avanzar y volverse patéticos, volverse poco a poco despreciables. Estoy hablando de los adultos.
¿Y los adultos?
Los adultos no tienen espacio en esta novela. Los adultos parecen absorbidos por la máquina. Olvidaron lo que era ser niños en el barrio, olvidaron quiénes eran en la primaria y en la secundaria. Los adultos ya no buscan problemas; tienen miedo y olvidaron cómo lidiar con la posibilidad de la libertad total.En su mayoría, los adultos del libro son cobardes, neuróticos, fanáticos religiosos o profesores abusadores. Fallas del sistema. Sublimaciones de la rata. Ratas con corbata y zapatos lustrados.
Algunas consideraciones finales
¿Hay una luz al final del túnel? ¿Existe la redención para estos niños? ¿Puede la escuela católica crear buenos cristianos, piadosos, temerosos de Dios? En un universo paralelo sudamericano, ¿qué habrá sido de estos niños hoy en día? ¿Serán profesores autoritarios, trabajadores sociales, reos, vagos, escritores… o todas las anteriores?Nunca lo sabremos, amigos míos. Pero puede ser que la clave para responder estas preguntas esté en la lectura de esta novela. Puede ser que finalmente nos demos cuenta de que todos somos unos hijos de rata.


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